sábado, 12 de enero de 2013

''Pocas veces en su vida había notado que tenía un corazón tan violento. La sangre le bombeaba con tal vigor, que se pasó la mano por el pecho tratando de apaciguarlo. Entonces ella golpeó el balón en el canto de la mesa, hizo el gesto de llevarlo hasta el otrora círculo central, desteñido por las décadas, y, cuando Mario se dispuso a maniobrar sus barras para impresionarla con la destreza de sus muñecas, la muchacha levantó la pelota y se la puso entre medio de unos dientes que brillaron en ese humilde patio, sugiriéndole una lluvia de plata. Enseguida adelantó su torso ceñido en una blusa dos números más pequeños de lo que exigían sus persuasivos senos, y lo invitó a que cogiera el balón de su boca. Indeciso entre la humillación y la hipnosis, el cartero alzó vacilante la mano derecha, y, cuando sus dedos estuvieron a punto de tocar el balón, la chica se apartó y la sonrisa irónica dejó su brazo suspendido en el aire, como un ridículo brindis para festejar sin vaso y sin champagne, un amor que jamás se concretaría.''

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