viernes, 29 de agosto de 2014

A mis peñimaycollén.


    De pronto sentí caer el agua gélida sobre mi tierno cuerpo —yo no entendía cómo— pero la tierra que figuraba ser tan yerma y áspera se volvió una tibia pasta cremosa. Aquél lodo envolvía mi cuerpo frígido con sus fraternales brazos y todo parecía estar bien. Los días comenzaron a pasar y la humedad que habitaba en mi lecho de barro alimentaba mi fecundo ser.
Fue así como una sensación desconocida sorprendióme un día. Dentro de mí había un huracán, un huracán rabioso que pretendía acabar conmigo. Otra vez me encontraba desorientada. Mi cuerpo turbado estalló en miles de lazos verdosos que se aferraron a la tierra como si no hubiese lugar hacia donde ir. Allí me quedé, envuelta en una enredadera de raíces propias. La tierra húmeda y cálida por su parte, siguió nutriéndome hasta el final.
   No paraba de crecer, y a medida que lo hacía, necesitaba más espacio, necesitaba más aire, necesitaba más calor, necesitaba saciar mis ansias de conocer más allá de la oscuridad del vientre. Necesitaba libertad. Con premura me dediqué a encontrar mi propio sendero, hasta que luego de años explorando la tierra inagotable, de forma súbita se abrió una fisura por donde entró un penetrante rayo de luz que dejó mi ser en un estado de fascinación pasmada. En absoluto sentí miedo, anhelaba con tanta vehemencia germinar.
Afuera había un mundo. Un lugar completamente extraño, un bosque con animales y más plantas como yo. Pareciera que la tierra cuidase de cada una de ellas. Yo soy solamente una de sus hijos.
    Jamás imaginé en lo que podría convertirme, hoy después de tantos años bajo el sol y las tormentas acérrimas. Soy lo que la tierra me ha permitido ser. Mis hojas caen en otoño y en primavera ya vuelvo a nacer. Siempre es así, y este ciclo infinito me dará la sabiduría de un roble, la nostalgia del sauce, la altivez de la araucaria y el misticismo del canelo.  

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