La rutina.
Parte el día y un café con crema solía despertarla. Indiferente a su entorno -una tortuga agonizante y un desorden general- que era más bien indolente al alrededor, caminaba de forma fantasmal por el piso #46, sosteniendo el tazón y un cigarrillo. No siempre fue así. Al terminar, tomó su mochila y, como todos los días, salió en busca de un ''no sé qué''.
A veces más sol, a veces sólo lluvias y tormentos. No importaba nada, nada más que llegar a la estación correcta. Pasan horas, páginas, sombras, voces, perros, alguna que otra sonrisa o un atractivo hombre, absolutamente nada más que eso. Todas sus reacciones quedaban atrapadas en la utopía del pensamiento abrumado.
¿Cuánto tiene que pasar para sentir el peso del alma otra vez?
Es aquí donde se encuentra la razón del problema, y posteriormente la pérdida de identidad de Alondra. Un mecanismo automático controla sus movimientos, una máquina de escribir; sus pensamientos. Mientras que los poderosos derogan su ideología, suprimiéndola a tal punto, que su voz deja de escucharse entre la masa colectiva. Problemas económicos agobian sus fines de mes: ''Una deuda más cara que mi paupérrima vida'', la persigue con la amenaza de acabar con ella. Todo sentido de la vida se veía extinto, Alondra partió fuera de la capital. Llegando a un bosque al pie de la montaña más alta, y se internó en él, sin rumbo alguno, en la espesura de los árboles y tierras pantanosas. Sus ojos nunca dejaron de observar cada detallo boscoso, minuciosa estaba como si siguiese buscando algo/alguien. Hasta que por fin, cerca de un riachuelo en un vergel:
¡Te encontré!
Oh, alma extraviada
cuánto tiempo sobre mí.
Cuerpo inútil y desaforado
desprovisto de su esencia.
¡Te encontré!
Oh, alma extraviada
cuánto tiempo sobre mí.
Cuerpo inútil y desaforado
desprovisto de su esencia.
Sin darse cuenta, en medio de aquél vergel colorido había hallado, al fin, su anhelado inconsciente, su entidad intangible. La búsqueda exhaustiva de sí misma la llevó a marginarse de una sociedad convencional, a su parecer: ''Retrógrada e inhumana''. Donde controlaban desde tus palabras hasta tu vida, y así convertir a todos en agentes de consumo y practicidad superficial.
Alondra, carente de su propia esencia, no se percató de que nunca dejó de esperar aquel día, el de su liberación del laboratorio experimental de la sociedad. Incluso al partir del piso #46, en busca de un ''no sé qué'', que finalmente era ella misma.
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