martes, 19 de noviembre de 2013

¿Dios?

Eres una ilusión de mi mente, tal vez una energía cálida que despierta todos mis sentidos, o podrías también ser una nube esponjosa.
Camino por un sendero largo adornado de nogales frondosos, al fondo hay una luz roja incandescente que me atrae con fuerza. Yo estoy encandilada. Quizás no exista nada, pero algo en mis entrañas me impulsa a seguir el rumbo hacia la intangible luz, mis pies van a raz del suelo y casi no puedo sentir la tierra húmeda entre mis dedos. Hay una fragancia impregnada en el aire, que me hace recordar un invierno, cuando solía tomar café de grano con un habano entrelazado en los dedos, observando las formas disímiles de la madera olorosa, iluminada pareciera disparar destellos cegadores de luz multicolor por gracia del manto que la reboza de infinitas gotas de lluvia.
El aroma que llega desde lo desconocido, tiene un sabor. A miel, a calidez hogareña. Cierro los ojos y sigo avanzando, sin pensarlo sigo aproximándome al fin del sendero inacabable. Cuando, sorpresivamente, miles de aerolitos atraviesan mi cuerpo y no sé si son parte de la luz incandescente que me tiene alelada, o tal vez son las estrellas fugaces de mi inconsciente. Sin más, mis pies comienzan a elevarse y el suelo del sendero se aparta de mí progresivamente. Una nube me atrapa, me envuelve entre su algodón suave y blanco. La sensación pacífica de la seda esponjosa hace que me retuerza, me acurruque, me de vueltas y vueltas, hasta quedar en la posición perfecta.
Ya no hay nada, ni nadie, que pueda corromper el silencio celestial de aquel momento. Ni siquiera el pulso vertiginoso ha de escucharse. El pájaro antes aturdido por su propio incesante aleteo es el ser más parsimonioso, y tan lento que sin palparlo pareciera sin vida. A lo lejos se divisa ya el comienzo del fin de el sendero en el que estoy.
Quisiera apartar de mí la sensación irreal, quisiera desabrazarme de los brazos cálidos de la noche. No sabría cómo explicar que hay un lugar en el mundo esperándonos ahora mismo. Es justo ahí, en el seno del sueño cuando más quisiera unas gotas de realidad, unas cuantas bofetadas para entender que más allá, además de un flash cegante, no sabremos –hasta que se viva– el enigma de la vida misma. 

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